La mayoría de quienes visitan Tokio por primera vez llegan con una lista de monumentos y se marchan tras haber pasado la mitad del tiempo bajo tierra. Tokio recompensa otro enfoque: piensa en barrios, no en monumentos, y deja que los trenes trabajen menos.
El anillo, no el centro
Tokio no tiene un único centro. La línea JR Yamanote, un bucle de 35 kilómetros, enlaza una docena de centros urbanos, cada uno con su propio carácter: Shinjuku por su escala y su vida nocturna, Shibuya por su juventud y su ruido, Ginza por su elegancia, Ueno por sus museos y su sabor a ciudad vieja, Ikebukuro por el anime y la comida barata. Dentro del bucle están el Palacio Imperial y muchísimos bloques de oficinas; casi todo lo que te interesa está en el propio anillo o a una o dos paradas de él.
Una vuelta completa dura alrededor de una hora, y los trenes pasan cada dos a cuatro minutos desde aproximadamente las 4:30 de la mañana hasta poco después de medianoche. Apréndete el bucle y habrás aprendido el esqueleto de la ciudad. Todo lo demás (la línea Chuo hacia el oeste, hasta Nakano y Koenji; la línea de metro Ginza hacia el este, hasta Asakusa) cuelga de él.
Elige una base en el lado que te interesa
Escoge un hotel a menos de diez minutos a pie de una estación de la Yamanote y luego elige lado. El oeste (Shinjuku, Shibuya, Ikebukuro) si vienes por la vida nocturna, las compras, la música y la moda. El este (Ueno, Akihabara, la estación de Tokio) si tu lista es de templos, museos, electrónica y madrugones. Cruzar de un lado a otro cuesta entre 25 y 30 minutos por trayecto, algo asumible una vez al día y agotador tres veces.
Los business hotels, a unos 10.000–15.000 ¥ la noche por una habitación doble pequeña, son el término medio realista. Las habitaciones son compactas pero impecables, y la ubicación importa mucho más que los metros cuadrados.
Dos zonas al día, a pie
La regla de planificación más útil: cada día, combina dos barrios que se toquen y camina entre ellos. Harajuku y Shibuya están a 20 minutos por Cat Street. Asakusa y Ueno están a 30 minutos a pie o a tres paradas en la línea Ginza. Ginza y Marunouchi comparten frontera en Yurakucho. Shimokitazawa y Shibuya están unidos por la línea Inokashira en menos de diez minutos.
Caminar no solo es más barato. Es así como encuentras el santuario encajado entre bloques de pisos, la barra de café de seis asientos, la tienda vintage sin cartel. Los trenes te enseñan andenes; los pies te enseñan Tokio.
Mañanas tempranas, noches tardías
La ciudad funciona con un ritmo claro, y luchar contra él es el error más común de los primerizos. Templos y jardines están vacíos y en su mejor momento antes de las nueve: el recinto de Senso-ji está abierto a todas horas y Meiji Jingu abre al amanecer. Los grandes almacenes y la mayoría de las tiendas abren a las diez o las once. Los restaurantes se llenan de doce a una, se vacían y vuelven a llenarse a partir de las siete. Los izakaya, los callejones yokocho y los bares de Golden Gai solo cobran vida después de las ocho.
Así que madruga, visita templos y parques, almuerza a las 11:30 antes de que lleguen los oficinistas, ve de compras por la tarde, descansa una hora en el hotel y vuelve a salir. Verás tanto el Tokio tranquilo como el eléctrico, y te ahorrarás la mayoría de las colas.
Dinero, tarjetas y pequeñas fricciones
Hazte con una Suica o una Pasmo (o añade una a la cartera de tu móvil) el primer día; funciona en todos los trenes y autobuses y en la mayoría de las cajas de las tiendas de conveniencia. Las tarjetas de crédito se aceptan ya casi en todas partes en el centro, pero lleva unos 10.000 ¥ en efectivo para las máquinas de tickets de los locales de ramen, los bares pequeños, las ofrendas en los santuarios y alguna que otra tienda antigua. Los cajeros de 7-Eleven aceptan tarjetas extranjeras y funcionan toda la noche.
La propina no existe. Los zapatos se quitan allí donde el suelo sube un escalón. Comer mientras caminas está mal visto, así que termínate el onigiri antes de ponerte en marcha. Las papeleras escasean; lleva una bolsita. Hablar por teléfono en el tren es una auténtica falta de educación, y las colas se toman muy en serio, desde las marcas del andén hasta la fila del ramen.
Qué dejar para otra vez
Odaiba, Disneyland y una excursión de un día al monte Fuji te cuestan cada uno casi una jornada entera y te devuelven menos que un solo barrio bien explorado. Sáltate los cafés temáticos, salvo que sean el motivo de tu viaje. Tres o cuatro días completos repartidos entre seis u ocho barrios, cada uno recorrido sin prisa, te harán conocer Tokio como ninguna lista de lugares imprescindibles podría. El resto es una excusa para volver.